Ramón de Campoamor escribió hace más de un siglo:

“En este mundo traidor, nada es verdad ni es mentira; todo es según el color del cristal con que se mira.”

Pocas áreas en la empresa ilustran mejor esta afirmación que el liderazgo.

Para un colaborador de primera línea, un buen líder es quien escucha, respeta y apoya.

Para una gerente, el buen liderazgo se manifiesta en claridad estratégica, delegación efectiva y resultados. Para la alta dirección, se resume en creación de valor sostenible.

Cada grupo observa, y juzga, a los líderes desde sus necesidades, expectativas y experiencias. Esto no es casualidad, sino un fenómeno ampliamente estudiado: la teoría de la identidad social de Tajfel y Turner muestra que nuestra percepción de los otros está influida por los grupos a los que pertenecemos y por el sentido de pertenencia que estos nos proporcionan.


¿Qué significa esto para su organización?

Significa que el liderazgo no puede dejarse a la interpretación individual. Si cada quien evalúa desde su propia óptica, los mensajes se vuelven ambiguos:

    • Una conducta puede ser vista como firmeza por unos, y como autoritarismo por otros.
    • Una decisión estratégica puede parecer visión… o desconexión con la operación.
    • Una conversación de retroalimentación puede inspirar… o desmotivar.

    Esto afecta directamente los resultados. Según el 2023 Global Leadership Forecast de DDI —uno de los estudios más robustos en la materia— solo el 48% de los colaboradores confía en la efectividad del liderazgo de su organización. Ese déficit de confianza se traduce en menor compromiso, menor productividad y mayor rotación.

    El liderazgo es el nodo que conecta personas, cultura y procesos para ejecutar la estrategia. Si ese nodo es débil, lo es también la organización.


    ¿Qué pueden hacer los líderes para reducir la ambigüedad?

    Para que el liderazgo impulse y no frene la estrategia, es indispensable:

      1. Definir explícitamente qué significa liderar en su empresa: No un listado aspiracional, sino principios conductuales concretos que respondan a sus desafíos estratégicos actuales.
      2. Comunicar y socializar ese estándar: Si no se conversa, se interpreta, y cuando se interpreta… se distorsiona. Todos los líderes deben comprender qué se espera de ellos y por qué.
      3. Observar y reforzar las conductas deseadas: Entre más visibles sean los ejemplos positivos, reconocidos en público, más rápido se alinean las expectativas en toda la organización.
      4. Medir regularmente la percepción del liderazgo: Porque la efectividad del liderazgo no se define desde la oficina del líder, sino desde la experiencia del liderado. 

      El liderazgo efectivo no es lo que cada quien cree que debería ser. Es lo que su organización necesita que sea para competir y crecer.

      Entonces, la pregunta para usted es:

      ¿Cómo define su organización a un buen líder? Y aún más importante: ¿Lo evalúa, desarrolla y reconoce en consecuencia?